LA
CRUZ DEL BLASFEMO
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E
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l cabildo
de la cofradía de las Cinco Llagas encargó a un cantero una cruz de piedra que
se pondría en la plazuela de la casa del cura para saludar a los caminantes que
entraban al pueblo por la parte de Segovia. Hízola con sumo gusto de granito
abujardado para que durara eternamente y formara parte del mobiliario rural y
elevara los sentimientos de fe de los matronenses.
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L
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legó el día
de colocar la cruz y estando en el suelo apoyada aun sin poner en la peana
llegó un blasfemo al que le caían muy mal cualquier signo religioso . De
entraña obtusa, siempre maldiciendo y vocabulario insultante blasfemia tras
blasfemia iba dirigiéndose al cantero, al cura y a los ayudantes que allí
había. Enfurecido sacó su espada, pues aun eran épocas que se utilizaban estos
instrumentos y juró y perjuró que con su tizona hecha de un material especial
rompería en mil añicos ese granito eterno. Ni corto ni perezoso comenzó a dar
espadazos en el crucero de la piedra rompiéndole en pedazos. Cierto era que el
material de su herramienta era resistente, la cruz quedó descabezada, hecha
cachos, solo quedaba el fuste de granito. Continuó con sus maldiciones y
renegando de todo lo religioso quiso clavar la espada en la columna que
quedaba. Como si fuera un material blando, como si fuera queso, entro su sable
perpendicular y se quedó incrustado sin poderle sacar. Quiso el blasfemo tirar
de ella y no pudo, se quedó unida a la piedra como por alguna intervención
divina, como si un acto milagroso quisiera dejar el alfanje eternamente unido a la piedra, para
con su empuñadura rematar el trozo de cruz que había roto.
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P
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usieron la
columna en el pedestal, y el crucero quedó rematado por la empuñadura de la
espada, y así permanece a los ojos del caminante.





