Donde se
relata la espantable aventura digna de ser contada de cómo unos rufianes ataron
al cura del lugar a una cucaña en el centro de una plaza de toros y soltaron
uno de estos animales.
E
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n un lugar al lado de la
Mancha cerca de la casa
del tío Francés que es un prado que hay en un pueblo de cuyo nombre mejor no
acordarse para no creer que todos los
mancebos son iguales de bellacos que los que hicieron este espantable suceso. Un día en las fiestas del pueblo al salir de misa invitaron al cura del lugar a
la taberna donde fluía el alcohol con largura y a raudales.
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| Casa del Francés |
--¡ Tómese otro vino ¡ -- le repetían
una y otra vez al tonsurado-
y este sin despreciar ninguno iba entrando en ese
mundo artificial que proviene del alcohol. Tan contento, tan gallardo, tan
alborozado estaba que ya era pasto del
convencimiento.
--¡Vengase con nosotros a torear unos
toros que tenemos en los toriles, usted los ve desde la barrera ¡—le decían los
bribones.
No estaba muy convencido el párroco pero hicieron
que les acompañaran dos hombres mas
respetables, personas graves en el pueblo como eran el Marqués de la Solteria y el Conde de Virgoestable mas metidos en
edad pero sin prisa por nada, ni para casarse.
Y
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allá que
fueron a la plaza de toros, garrafa de vino en mano, toda la concurrencia
juvenil y los tres mas adultos. El clérigo enseguida quiso subirse al primer
remolque que vio y que hacía de barrera:
--¡ No
¡ -- le dijo el duque de los Paredones
de Bernuy, mas conocido como Semana Santa, socarrón y muchas veces con
barruntos de falta de juicio.—vengase conmigo a aquel remolque de enfrente que
se ven salir desde los toriles.
Atravesaron a pie
el ruedo y al llegar justo al centro le dijeron al eclesiástico señalando un
elevado poste de madera en el que colgaba un gallo arriba:
--¿sabe usted lo que es esto ¿ ¡ acérquese ¡
Con buena fe el ábate se acercó al mástil y de
repente comenzaron a rodearle con una maroma que ya tenia preparada el Conde de Sardiné de la familia de los Tahoneros junto con los mozos que allí había. Tan rápida fue la operación que
en un santiamén el cura se encontró atado a
la picota como un reo de la Santa Inquisición, atraillado como un galgo sujeto como Juana de Arco.
--¡ Suelta al toro ¡ -- gritó uno – Y
el Gran Barón de Catruchi, luz y
espejo del Barrio Abajo de la estirpe de los Polos que ya tenia la puerta de los toriles en la mano, abrió de repente y salió el morlaco echando fuego por la boca y haciendo derrotes con la testuz.
El cura que lo
vio y que se encontraba atado a esa columna infame comenzó a revolverse
para deshacerse nudos y enredos que la cuerda tenía. No estaba dispuesto a
dejar la vida en pago con esa cuadrilla de maleantes. Un sudor abrasivo le
manaba por la frente y a ciencia cierta que no era ni de los vinos ni del
calor. Se puso a rezar: “acorrezme señora mía” decía mirando al cielo. Se veía
perecer en ese potro de tortura como el más vil de los mortales, como un hereje
en la picota o quizás atado al madero como un mártir en época de Nerón en el
Coliseo. Pero la situación era grave, él pensó bien y verdaderamente que era
llegada su última hora y viéndose tan afligido
y congojado maldecía su situación, de ahí no podía escapar sino por
milagro. Mientras, el toro revolcaba jóvenes con tal maestría que no sabía
dónde dirigirse, aunque éstos le
intentaban conducir cerca del mástil profano para asustar mas al cura si cabe,
que entre la algarabía juvenil, los revoloteos del gallo de la cucaña y el toro
en la plaza se le había quitado el habla y con ojos saltones veía su muerte
segura.
Trasteaba
detrás de la maroma que ya iba aflojando. De repente se soltó y sin pensar más
echó a correr en dirección a las talanqueras mas cercanas que visto el peligro
que existía en la plaza parecían a kilómetros, corría más ligero que el mismo
viento y haciéndose cruces como si llevara el diablo a la espalda.
El
toro que vio un bulto con sotana negra moviéndose delante de su cara y quizás
confundiéndole con algún hermano de su ganadería enfiló a correr tras él y
justo cuando el ungido alcanzó con las manos los tapeales de su salvación que imaginaba eran la barandilla
del cielo llegó el toro a darle con tal fuerza que sin tocar nada y volteándole
en el aire le subió como pavesa al remolque, salvándole así del angustioso
trance.
No
quiso reparar en mas, respiró hondo como cuando el liquido fluye por las
cañerías recién inauguradas, así entraba el aire en sus pulmones. En menos que se santigua una vieja loca se repuso y se alejó de
la plaza de toros a toda priesa jurando y perjurando en arameo. Fue tanta la
cólera y rabia que se encendió en él por la alevosía y traición que habían
hecho a su persona que descomulgaría a todos los truhanes que habían
participado en tan macabro festejo. Y aunque esta espantable historia sucedió
hace muchos años aún siguen en perpetua descomunión muchos rufianes.
C
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omo lo vi lo
cuento, para que sea suceso de felice recordación y no sea entregado a las
leyes del olvido.
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| Plaza de toros en la Mancha |


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