sueños o realidades ?

sueños o realidades ?

domingo, 14 de diciembre de 2014

" Tendrás mi corazón en tu mano " Leyenda

Tendrás mi corazón en tu mano

H
ermosa era la joven que pensaba esto. Y feliz llego a casarse muy enamorada de su marido y siempre pensando en la frase del día de su boda: “hasta que la muerte nos separe” y ella muy contenta le decía cada noche a su marido: “tendrás mi corazón en tu mano “.
T
an dichosa se sentía la joven que mandó hacer a un herrero un corazón para ponerle de  manillar en la puerta de entrada a su casa para que cada vez que el marido entrara recordara el ofrecimiento. Con forja, un herrero modeló un corazón que hacía las veces de tirador en una rústica puerta de madera con clavos  vistosos y así diariamente cualquiera que entrara o saliera de la casa recordaría la frase de la propietaria a su marido: “tendrás mi corazón en tu mano “
P
ero los tiempos son luengos y los pensamientos varios y lo que en un principio era amor profundo entre ambos, el marido comenzó a frecuentar compañías de otras mujeres que le fueron distanciando de su verdadero amor. A pesar de todo su esposa seguía enamorada de él. Tan mala vida tenía el marido que llegó a tener varias amantes, pero ella siempre le perdonaba pues su amor estaba por encima de su mal comportamiento y el manillar de la puerta diariamente la recordaba que había puesto el corazón en su mano.
Q
uisieron los tiempos que contrajera una enfermedad el marido que agravada por su mala vida le llevó a la tumba. La esposa nunca dejó de amarle y nunca quitó el corazón de la puerta. Ella aún relativamente joven se metió monja entregando su vida y su amor a dios y para que se recordara por siempre esta leyenda regaló la puerta de la casa a la iglesia del pueblo siendo aprovechada para un cuarto donde se guardan enseres religiosos y aún allí permanece.
C
ada vez que alguien vea esta puerta o la traspase que recuerde la frase de la esposa:

“SIEMPRE  TENDRAS MI CORAZÓN EN TU MANO “

martes, 2 de diciembre de 2014

De como unos bellacos ataron un cura a una cucaña

Donde se relata la espantable aventura digna de ser contada de cómo unos rufianes ataron al cura del lugar a una cucaña en el centro de una plaza de toros y soltaron uno de estos animales.
  E
n un lugar al lado de la Mancha cerca de la casa del tío Francés que es un prado que hay en un pueblo de cuyo nombre mejor no acordarse para no creer que todos  los mancebos son iguales de bellacos que los que hicieron este espantable suceso. Un día en las fiestas del pueblo al salir de misa invitaron al cura del lugar a la taberna donde fluía el alcohol con largura y a raudales.
Casa del Francés
         --¡ Tómese otro vino ¡ -- le repetían una y otra vez al tonsurado-
y este sin despreciar ninguno iba entrando en ese mundo artificial que proviene del alcohol. Tan contento, tan gallardo, tan alborozado estaba que ya era pasto del convencimiento.
         --¡Vengase con nosotros a torear unos toros que tenemos en los toriles, usted los ve desde la barrera ¡—le decían los bribones.
No estaba muy convencido el párroco pero hicieron que les acompañaran  dos hombres mas respetables, personas graves en el pueblo como eran el Marqués de la Solteria y el Conde de Virgoestable mas metidos en edad pero sin prisa por nada, ni para casarse.
  Y
 allá que fueron a la plaza de toros, garrafa de vino en mano, toda la concurrencia juvenil y los tres mas adultos. El clérigo enseguida quiso subirse al primer remolque que vio y que hacía de barrera:
         --¡ No ¡ -- le dijo el duque de los Paredones de Bernuy, mas conocido como Semana Santa, socarrón y muchas veces con barruntos de falta de juicio.—vengase conmigo a aquel remolque de enfrente que se ven salir desde los toriles.
Atravesaron a pie el ruedo y al llegar justo al centro le dijeron al eclesiástico señalando un elevado poste de madera en el que colgaba un gallo arriba:
         --¿sabe usted lo que es esto ¿ ¡ acérquese ¡
Con buena fe el ábate se acercó al mástil y de repente comenzaron a rodearle con una maroma que ya tenia preparada el Conde de Sardiné de la familia de los Tahoneros junto con los mozos que allí había. Tan rápida fue la operación que en un santiamén el cura se encontró atado a la picota como un reo de la Santa Inquisición, atraillado como un galgo sujeto como Juana de Arco.
         --¡ Suelta al toro ¡ -- gritó uno – Y el Gran Barón de Catruchi, luz y espejo del Barrio Abajo de la estirpe de los Polos que ya tenia la puerta de los toriles en la mano, abrió de repente y salió el morlaco echando fuego por la boca y haciendo derrotes con la testuz.
El cura que lo  vio y que se encontraba atado a esa columna infame comenzó a revolverse para deshacerse nudos y enredos que la cuerda tenía. No estaba dispuesto a dejar la vida en pago con esa cuadrilla de maleantes. Un sudor abrasivo le manaba por la frente y a ciencia cierta que no era ni de los vinos ni del calor. Se puso a rezar: “acorrezme señora mía” decía mirando al cielo. Se veía perecer en ese potro de tortura como el más vil de los mortales, como un hereje en la picota o quizás atado al madero como un mártir en época de Nerón en el Coliseo. Pero la situación era grave, él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora y viéndose tan afligido  y congojado maldecía su situación, de ahí no podía escapar sino por milagro. Mientras, el toro revolcaba jóvenes con tal maestría que no sabía dónde dirigirse,  aunque éstos le intentaban conducir cerca del mástil profano para asustar mas al cura si cabe, que entre la algarabía juvenil, los revoloteos del gallo de la cucaña y el toro en la plaza se le había quitado el habla y con ojos saltones veía su muerte segura.
         Trasteaba detrás de la maroma que ya iba aflojando. De repente se soltó y sin pensar más echó a correr en dirección a las talanqueras mas cercanas que visto el peligro que existía en la plaza parecían a kilómetros, corría más ligero que el mismo viento y haciéndose cruces como si llevara el diablo a la espalda.
         El toro que vio un bulto con sotana negra moviéndose delante de su cara y quizás confundiéndole con algún hermano de su ganadería enfiló a correr tras él y justo cuando el ungido alcanzó con las manos los tapeales  de su salvación que imaginaba eran la barandilla del cielo llegó el toro a darle con tal fuerza que sin tocar nada y volteándole en el aire le subió como pavesa al remolque, salvándole así del angustioso trance.
         No quiso reparar en mas, respiró hondo como cuando el liquido fluye por las cañerías recién inauguradas, así entraba el aire en sus pulmones. En menos que se santigua una vieja loca se repuso y se alejó de la plaza de toros a toda priesa jurando y perjurando en arameo. Fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él por la alevosía y traición que habían hecho a su persona que descomulgaría a todos los truhanes que habían participado en tan macabro festejo. Y aunque esta espantable historia sucedió hace muchos años aún siguen en perpetua descomunión muchos rufianes.
  C
omo lo vi lo cuento, para que sea suceso de felice recordación y no sea entregado a las leyes del olvido.
Plaza de toros en la Mancha