sueños o realidades ?

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jueves, 8 de agosto de 2013

El añil y la paja


El añil y la paja

        Tendré  eternamente escrito en mi memoria que Félix  Bernardo (al que apodaban el Lechero) tenía una inteligencia superior a la media. Eso lo tengo yo bien claro, no existían los test de inteligencia pero yo les aseguro que era muy listo. Era una persona “mañosa”, todos los Bernardos lo son en Madrona, le daba igual colocar un cristal nuevo donde había uno roto, que hacer obras de albañilería, que un mango para un hacha ,colocaba agua a serenarse para curar las heridas, pero todo bien hecho, yo estuve con él de criado  muchas veces. Los ubios  los hacía él mismo, recuerdo que tenía un patrón de madera donde  dibujaba en un tronco la pieza y a base de sierra, azuela y barrena le hacía. Bueno, que les digo yo  era un “mañoso” y el que no sepa lo que es eso que lo busque en el diccionario.

            Le traía por la calle de la amargura el no saber con seguridad dónde iba el agua que se metía por el tragón del rastrillo y quería solucionar el problema para los futuros tiempos. A pocos metros de salir el agua del bosque de Riofrio, se cuela por un agujero y no se sabe dónde va.

            -¡chico!- me dijo un día-  vete a la tienda y tráeme unas pastillas de añil.

El añil yo no sé si ahora existirá, pero antes había unas pastillas redondas del tamaño de una caja de juanolas que volvían el agua de un azul intenso para dar el toque final a la ropa limpia. Echándolas en un barreñon se teñía el agua completamente de azul.

            Cogió un par de pastillas y a principios del verano cuando se seca el río fuimos hasta el tragón y allí echo las pastillas.Todo el agua se volvió azul. Rápidamente cogimos el carro con el burro en el que habíamos ido y nos dirigimos a la sima.

            -¡te digo yo que este agua va a la sima! – me decía

Nos pusimos en el pretil de esa hondonada que existe en la carretera de La Losa a esperar a ver si aparecía el agua azul. Por más que esperamos, no vimos ese color en el agua. Desanimados, volvimos a casa  ideando otra estrategia.

Al día siguiente cogió un par de sacos con paja trillada de cebada, los echamos en el carro y nos encaminamos al tragón. Volcamos los sacos en el agua y ¡vaya fallo! La paja no entraba por el agujero, flotaba en el agua.

            -¡te digo yo que este agua va a la sima!-decía con coraje.

Pero al tercer día acertamos. Cogimos el carro y el burro y le cargamos con dos sacos de paja con garrobas, sin limpiar ni acribar, así se colaría la paja y el grano que pesa más. Echamos los sacos al tragón  desenganchamos el burro del carro, para poder ir yo más deprisa y me dijo:

            -corre chico monta en el burro y vete a la sima.

Félix siempre tenía buenos burros, también se dedicaba al trato y yo a galope tendido me planté en la sima.  Cuál sería mi sorpresa que al llegar comencé a ver la paja y el grano de las garrobas revoloteando en el agua limpia y transparente de ese manantial.  Unas mujeres que allí había lavando me regañaron diciendo que qué era lo que había echado en el agua que se había ensuciado. Me puse muy contento por el descubrimiento y a galope tendido fui a buscar a mi amo para contárselo que ya iba a mitad del camino para verlo y llegó a tiempo de ver aún el descubrimiento.

                                                                                                

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