El añil y la paja
Tendré
eternamente escrito en mi memoria que
Félix Bernardo (al que apodaban el
Lechero) tenía una inteligencia superior a la media. Eso lo tengo yo bien
claro, no existían los test de inteligencia pero yo les aseguro que era muy listo.
Era una persona “mañosa”, todos los Bernardos lo son en Madrona, le daba igual
colocar un cristal nuevo donde había uno roto, que hacer obras de albañilería,
que un mango para un hacha ,colocaba agua a serenarse para curar las heridas,
pero todo bien hecho, yo estuve con él de criado muchas veces. Los ubios los hacía él mismo, recuerdo que tenía un
patrón de madera donde dibujaba en un
tronco la pieza y a base de sierra, azuela y barrena le hacía. Bueno, que les
digo yo era un “mañoso” y el que no sepa
lo que es eso que lo busque en el diccionario.
Le traía por la calle de la amargura
el no saber con seguridad dónde iba el agua que se metía por el tragón del
rastrillo y quería solucionar el problema para los futuros tiempos. A pocos
metros de salir el agua del bosque de Riofrio, se cuela por un agujero y no se
sabe dónde va.
-¡chico!- me dijo un día- vete a la tienda y tráeme unas pastillas de
añil.
El añil yo
no sé si ahora existirá, pero antes había unas pastillas redondas del tamaño de
una caja de juanolas que volvían el agua de un azul intenso para dar el toque
final a la ropa limpia. Echándolas en un barreñon se teñía el agua
completamente de azul.
Cogió un par de pastillas y a
principios del verano cuando se seca el río fuimos hasta el tragón y allí echo
las pastillas.Todo el agua se volvió azul. Rápidamente cogimos el carro con el
burro en el que habíamos ido y nos dirigimos a la sima.
-¡te digo yo que este agua va a la
sima! – me decía
Nos pusimos
en el pretil de esa hondonada que existe en la carretera de La Losa a esperar a
ver si aparecía el agua azul. Por más que esperamos, no vimos ese color en el
agua. Desanimados, volvimos a casa
ideando otra estrategia.
Al día
siguiente cogió un par de sacos con paja trillada de cebada, los echamos en el
carro y nos encaminamos al tragón. Volcamos los sacos en el agua y ¡vaya fallo!
La paja no entraba por el agujero, flotaba en el agua.

-¡te digo yo que este agua va a la
sima!-decía con coraje.
Pero al
tercer día acertamos. Cogimos el carro y el burro y le cargamos con dos sacos
de paja con garrobas, sin limpiar ni acribar, así se colaría la paja y el grano
que pesa más. Echamos los sacos al tragón
desenganchamos el burro del carro, para poder ir yo más deprisa y me
dijo:
-corre chico monta en el burro y
vete a la sima.
Félix
siempre tenía buenos burros, también se dedicaba al trato y yo a galope tendido
me planté en la sima. Cuál sería mi
sorpresa que al llegar comencé a ver la paja y el grano de las garrobas
revoloteando en el agua limpia y transparente de ese manantial. Unas mujeres que allí había lavando me
regañaron diciendo que qué era lo que había echado en el agua que se había
ensuciado. Me puse muy contento por el descubrimiento y a galope tendido fui a
buscar a mi amo para contárselo que ya iba a mitad del camino para verlo y
llegó a tiempo de ver aún el descubrimiento.


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