Alfonso cañas
Iba yo con mi lechera llena de leche un atardecer de invierno
desde el barrio arriba al barrio de abajo que era donde yo vivía. Al salir de
casa de la Bea de Frutos que eran los lecheros tuve la mala suerte de tropezar
con un gorrón de los muchos que había en las calles sin asfaltar de aquel
entonces y al suelo fue a parar la lechera y la leche y yo me esmorroñé las
manos y las rodillas.
El tío Alfonso
vecino de Frutos llegaba en ese momento por la puerta del corral frente a la
taberna de Clemente y me vio caer:
-
ven
aquí que te levanto- me dijo-¡has cogido una buena liebre!
Su cara risueña de toda la vida, su boina calá, y su hablar
lento, muy lento, me refirió la siguiente historia:
-
Donde
había muchas liebres era en Escobar, cuando yo estaba allí de rentero ¡fíjate
si habría liebres! que un día fui a tirar el pantalón detrás de una zarza y
cuando acabé cogí un canto para limpiarme y al rozarme con la piel noté algo
muy suave, como con pelo y lo puse delante de mi cara para verlo y ¡abriendo los ojos como platos! observé que
era ¡una liebre!.
Me reía y ya me había
olvidado de la que yo había cogido que era liebre distinta.
-pero aquí no
acaba la cosa –continuó el tío Alfonso- del disgusto que tenía y al moverse
entre mis manos la lancé al suelo con rabia con intención de matarla y cuál fue
mi sorpresa…
Aquí se paró de hablar, gesticuló, se movió la boina, levantó
las dos manos a la altura de mi cara y encogía y estiraba los dedos marcando el
número diez:
-¡diez! – decía-
diez lebratos pequeños maté al tirar la grande,
¡fíjate si había liebres en Escobar!

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